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Ebooks, autoedición, y el problemilla del prestigio literario PDF Imprimir E-Mail

Advertencia preliminar: esto no va de promoción de nada. Se trata de una reflexión sobre el tema de la autoedición que parte de la experiencia de un proyecto propio, sin intenciones publicitarias (además, ya saben que yo soy más de propaganda incendiaria que de mansa publicidad)

 

1.

Hace unos años emprendí un proyecto llamado Edita tu cómic con el propósito de ayudar a dibujantes y guionistas que desean autoeditar sus trabajos. Como se podrá deducir de las explicaciones que siguen la actividad no resulta muy lucrativa para mi empresa, pero sí muy gratificante para alguien aficionado al llamado noveno arte, ese que siempre respondió por el más humilde y sencillo nombre de tebeo.

Lo que se ofrece a los autores es aquello de lo que están más necesitados: información. El papel adecuado, los tamaños viables, el número de páginas al que deben ajustarse, el ISBN, el Depósito Legal, quién distribuye, cuánto y cuándo van a cobrar por cada ejemplar vendido y por tanto cuál es el precio de venta adecuado… Por experiencia, la mayoría de los autores desconocen estos datos y hacen bien: ellos están para crear, y eso lo hacen estupendamente.

Además, tienen almacenaje gratuito y precios de impresión de tirada grande para tiradas medias que rara vez pasan de mil ejemplares. Por lo demás, ellos son quienes editan, promocionan su trabajo y asumen el riesgo comercial de que el cómic no se venda.

Hasta donde yo sé, ningún autor ha perdido dinero con ninguno de sus tebeos, e incluso alguno ha obtenido un muy notable éxito de ventas y ha sabido añadir a su creación otros materiales (desde camisetas a alfombrillas para ratón) que hacen más lucrativo su trabajo.

Y sin embargo…

 

2.

El cómic, en España, constituye un mercado pequeño, lo que facilita el éxito de una edición corta de un autor poco conocido. Los lectores de cómic pasean por las tiendas del ramo a la busca de novedades y compran aquello que les resulta interesante, llevados por su intuición, por la calidad de las portadas, por los temas tratados, o por lo que sea. Es, por así decirlo, un mercado bastante “libre” a la hora de elegir. Creo que este mismo éxito puede darse si escribes un manual sobre la caza menor en Toledo o sobre el montaje de maquetas bélicas. Si el mercado es muy concreto puedes llegar al lector en ferias (en el mundo del cómic esto es fundamental), encuentros, a través de anuncios en revistas especializadas, o apareciendo en blogs y redes sociales.

Dudo, en cambio, que el éxito en la autoedición sea viable cuando se trata de narrativa, ensayo, o cualquiera de los géneros literarios habituales y mayoritarios. En este caso, los puntos de venta se multiplican, los posibles lectores son millones y compites con decenas de miles de títulos entre los que resulta casi imposible destacar: ingredientes que garantizan una venta reducida y lenta, casi por goteo.

O quizá ya no sea así.

El ebook, e iniciativas como la de Amazon, que pone a disposición de los autores una plataforma de venta planetaria en la que pueden exponer su obra, hacen que la autoedición sea más fácil, asequible y rentable que nunca.  Y para animar a los autores nos llegan historias de éxito de autores que colgaron su novela en Internet y… Ahí está John  Locke y su millón y medio de libros descargados.

¡Ajá! ¡Se acabó la dictadura del editor, la dependencia de los agentes, se acabaron los manuscritos rechazados! ¡Hemos llegado al paraíso de la autoedición!

 

3.

¿Se acabó? Bueno, ahora todo el mundo puede publicar su libro con un coste insignificante. Cada vez resultaba más barato publicar un libro impreso, pero ahora nos ahorramos papel, impresión, encuadernación, transporte, almacenaje… Eso es bueno. Al fin y al cabo, ¿quién me dice ahora que la historia de mi abuela en su viaje de bodas por las Alpujarras no merece la pena? Si hay veintitrés lectores (todos de la familia) interesados, ¿por qué negarles el gusto?

Pero estamos hablando de la masa de lectores comunes que deben elegir entre una cantidad inabarcable de propuestas. Si todo el mundo puede publicar ¿quién establece el valor de lo publicado? ¿Cómo elegimos pareja si no podemos distinguir una cara entre la multitud? Bueno, para eso está el número de descargas y los comentarios de los lectores ¿no?

¡Un poquito de seriedad, por favor! Más allá de las cifras de venta y de las opiniones de los lectores (el definitivo e irremplazable boca a boca) es necesaria la criba de los expertos. Es decir: editores y críticos (entre los críticos incluyo los blogs de gente seria, formada e informada, y excluyo las reseñitas pagadas o guiadas de ciertos pseudocríticos de suplemento o revista cultural.) Me interesa la parte económica de la industria cultural, y de la industria editorial especialmente (¡qué remedio!), pero definitivamente la literatura es algo más que papel o píxeles o bytes o lo que sea.

Y luego está el tema del prestigio literario, naturalmente

 

4.

Los libros, la música, el cine, el teatro, la pintura, el arte en general, necesitan su pedacito de ¿cómo decirlo?... Vale. Glamour. Para que me entiendan: mis vecinos del cuarto pueden rodar una película con una cámara digital exponiendo su apasionante vida cotidiana, pero creo que Scorsese me seguirá interesando más. ¿Por qué? Pues porque tiene una visión del mundo y una forma de mostrarla que no es común. Como no es común la forma de mostrar el mundo de Picasso, de Bob Dylan o de Paul Auster. Eso es el arte: ver el mundo como no lo vemos habitualmente, sacar a la luz lo que permanece escondido, y mostrarlo todo de una forma estéticamente valiosa.

Puedo escribir algo genial y publicarlo yo mismo, y eso no le quitará ni un gramo de su genialidad. Pero la posibilidad de que todo el mundo pueda editarse a si mismo convierte en imprescindible la existencia de intermediarios que ayuden a destacar esa genialidad entre la exuberante selva de los manuscritos convertidos en ebooks en cuestión de diez minutos.

Y el principal de esos intermediarios es y ha sido siempre el editor. Quien cree que éste carece de papel protagonista en el nuevo mundo de la edición online confunde las cosas. Un editor no es un impresor. Es alguien que encuentra lo valioso entre lo mediocre; que da forma legible y publicable (en el soporte que sea ¡qué más da!) al texto creado por un autor; que promociona el libro y a su creador, lo hace visible, lo convierte en alguien público y relevante para los potenciales lectores.

La autoedición, a pesar de los casos de éxito que se produzcan, tiene sus límites. Para superar esos límites siempre harán falta buenos y apasionados editores.

 
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