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Los coyotes de David Ruiz, y otros vaqueros peligrosos PDF Imprimir E-Mail

 

 Manual para coyotes

En estas que ando de vagabundeo por la librería (Antonio Machado, en este caso) cuando me encuentro con un libro delgado y de tipografía generosa que se titula Manual para Coyotes. Lo hojeo y resulta que se trata de una colección de cuentos situados en el Lejano Oeste. El autor se llama David Ruiz. Un momento. ¿He leído David Ruiz? ¿Lejano Oeste? Aquí hay algo raro.  Con la lectura de la solapa se confirman las sospechas que el nombre me había despertado en un primer momento: este tío no es de Arizona. Es de Madrid. Y encima, matemático.
Leo las dos primeras páginas del primer cuento (Los vencidos) y me convencen lo suficiente para gastarme los 13 eurillos que dan derecho a leer el resto. Esa misma noche, leída la página 106 y última del libro, me doy cuenta que la inversión ha merecido la pena, porque es uno de los libros que más me ha gustado en los últimos meses.
Y se me ocurre que esto del western literario tiene mala fama entre nosotros, por una razón obvia: fue, durante décadas, uno de los dos temas esenciales de la novela de kiosko (el otro era el amor-como-es-debido y sin-toqueteos en el que Corín Tellado reinaba sin competencia)
Tomando como base esta extraña, solitaria y estupenda aportación de David Ruiz a la historia del género, doy un repaso a los escritores que se lo han trabajado, para lo que sigo un criterio de selección muy personal: escribo sólo de los que me acuerdo.  El resultado es el siguiente:

 

Marcial Lafuente Estefanía. Sus portadas cubrían buena parte de los cristales del kiosko del barrio. Al cabo de algún tiempo, cuando yo rondaba los 11 o 12 años, su espacio fue ocupado por otras portadas más sugerentes; recuerdo que mi madre una vez se quejó al kiosquero: “aquí vienen a comprar niños pequeños, oiga”, pero el señor comerciante no le hizo ni puto caso y siguió con su venta, más lucrativa, naturalmente. Como trabajo de documentación he leído, en una librería de Moyano, las dos primeras páginas de una de estas novela; constato, sin necesidad de mayor dedicación, que la vida es demasiado corta para dedicar tiempo a leer más, y sigo mi camino. Estas novelitas cumplían su función de manera perfecta: entretenían a millones de personas que no tenían la intención (ni la preparación, probablemente) para leer literatura más sofisticada.
Silver Kane: un respeto. Detrás de este nombre se encuentra Francisco González Ledesma,  uno de los precursores de la novela negra española (junto a Juan Madrid, Vázquez Montalbán y, en otro estilo, García Pavón.) Es padre, en la ficción, del comisario Méndez. Y, en la realidad, del gran Enric González (Historias de Londres, Historias de Roma, etc.) En 2010, creo que en plan nostalgia, publicó de nuevo con el seudónimo Silver Kane  La dama y el recuerdo, pero esta vez en tapa dura y con papel bueno, y así no tiene gracia.
José MallorquI: creador de El Coyote. Libros, cuando menos, entretenidos. Alguno cayó en mis manos de niño, en los veranos laaaargos de Guardamar del Segura, y los recuerdo con afecto, fíjate.
Zane Grey: durante muchos años pensé que este era otro seudónimo, y que en realidad se trataba de un natural de Segovia o de Pontevedra perseguido por Franco y que publicaba en Sudamérica novelas sociales muy sufridas que no leía nadie (yo es que siempre he sido muy novelero.) Pero no: nació en Ohio en 1872, lo que significa que llegó a conocer en realidad el mundo que retrataba. Mi abuelo tenía en su cuarto-biblioteca-leonera algún libro de Grey publicado por la Editorial Molino con el clásico formato de los de Agatha Christie, pero creo que nunca leí ninguno.
Fenimore Cooper: aquí, un salto temporal importante. Este hombre no vivió el western clásico: es más antiguo. Pero escribió El último mohicano, y esto sí que es un clásico. Y encima, dio para una película con una banda sonora que pone los pelos de punta (por no hablar de Madeleine Stowe y Daniel Day-Lewis, que también lo ponen todo de punta, ¡qué pareja!)
Bret Harte:  gran escritor de cuentos (aparece en la antología que recopiló Richard Ford de cuentistas americanos, y eso es mucho decir.) Alta literatura, ya muy lejos del kiosko…
Dorothy M. Johnson y Vardis Fisher: sé de su existencia por una nueva colección de Valdemar (si alguna vez crease una editorial literaria editaría todo lo que edita Valdemar, lo que me evita el deseo de crearla, algo de agradecer porque el cupo de deseos ya lo tengo muy cubierto.) Dejo enlace a la colección y disimulo con ello mi desconocimiento: Valdemar
Karl May
: este sí que es bueno. Nació y murió en Alemania y no pisó los Estados Unidos en su santa vida. Lo que no impide que me pasase muchas horas de niño leyendo las adaptaciones al cómic de sus novelas (Joyas Literarias, de Bruguera): Old Shatterhand , Winnetou, yo… ¡ay, qué momentos!
Oakley Hall: leí Warlock cuando la publicó Galaxia Gutenberg. He leído alguna crítica que dice que es una gran novela americana. Es larga, cierto. Me gustó, pero no está en mi lista de relecturas para los próximos 125 años.
Por último: Machado Libros ha publicado recientemente La mano del muerto. Su subtítulo es EL OCASO DEL SALVAJE OESTE SEGÚN PAT GARRETT, CALAMITY JANE Y DEADWOOD DICK, lo que genera esperanzas. Lo leeré, creo.
Quizá en próximas jornadas la memoria me lleve a ampliar este listado.
Y una última reflexión sobre Manual para Coyotes. Leo en una entrevista (en Qué Leer) que David Ruiz debe a las películas de John Ford su interés por el western. Como sus cuentos me parecen tan potentes y tan bien escritos, me atrevo a decir que la elección del tema es, en su caso, poco decisiva. Es decir: si mañana escribiese una colección de cuentos sobre gángsters de Chicago o sobre piratas del Índico la calidad del resultado no se resentiría lo más mínimo.
Vale.


 
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